Durante la crisis diplomática y militar con Teherán, el presidente Donald Trump amenazó con borrar a Irán de la faz de la tierra. Las amenazas evolucionaron en varias declaraciones públicas: el 31 de marzo, Trump afirmó que Estados Unidos estaba “aniquilando” a la República Islámica; el 1 de abril, escribió que Estados Unidos bombardearía Irán “hasta reducirla a polvo o regresarla a la Edad de Piedra”; el 6 de abril, emitió un ultimátum declarando: “una civilización entera morirá esta noche, para nunca retornar más” y especificó que ni siquiera un puente o una central eléctrica permanecerían en pie en Irán. El 12 de abril, en una entrevista con Fox News, Trump dijo que no se arrepentía de tales afirmaciones, argumentando que sus palabras habían inducido a Teherán a negociar.

Desestimar el comportamiento de Trump atribuyéndolo a la desorientación, la frustración y la exasperación o diagnosticar su enfermedad mental sería trivial y simplista. Es más probable que el presidente norteamericano haya expresado sin restricciones ni inhibiciones gracias a la prepotente arrogancia que caracteriza la relación de Estados Unidos con el mundo desde antes de su nacimiento como entidad independiente, ocurrido hace doscientos cincuenta años. De hecho, los puritanos que desembarcaron en el continente americano se consideraban el nuevo “pueblo elegido” que huía del Egipto faraónico, es decir, de la Europa idólatra y depravada, y estaban por tanto animados por un sentimiento fanático de superioridad moral. No es de extrañar, por tanto, que los colonizadores de América del Norte se consideraran en posesión de una legitimidad divina que les autorizaba a destruir y exterminar según el paradigma del Antiguo Testamento, las poblaciones que constituían un obstáculo para su conquista de la “tierra prometida”. Los primeros en sufrir esta creencia “suprematista” fueron los pueblos de América del Norte, víctimas de un exterminio que comenzó entre la primera y la segunda década del siglo XVII y continuó hasta 1890, año en que los Lakota fueron masacrados en Dakota del Sur.

El llamado “excepcionalismo” americano (American exceptionalism), doctrina que considera a los Estados Unidos de América cualitativamente superiores a cualquier otra nación, encontró expresión en la famosa imagen – de origen evangélico – de la “ciudad sobre una colina” (City upon a Hill)[1], evocada por el teólogo John Winthrop (1588-1649), primer gobernador de la Colonia de la Bahía de Massachusetts, en el sermón A Model of Christian Charity. “Seremos como una ciudad sobre una colina – dijo Winthrop – y los ojos del mundo estarán fijos sobre nosotros, de modo que si nos relacionamos genuinamente con nuestro Dios en la tarea que nos hemos empeñado, seremos una historia y un ejemplo perfecto para el mundo entero. Si nos comportamos falsamente y logramos que Él nos quite la ayuda que ahora nos da, seremos el hazmerreír del mundo entero”[2]. El mismo concepto fue retomado en 1635 por el pastor anglicano Peter Bulkeley (1583-1659): “Seremos como una ciudad sobre la colina, a la vista de toda la tierra. Los ojos del mundo están puestos sobre nosotros, porque profesamos ser un pueblo que ha hecho un pacto con Dios”[3]. Todos los demás pueblos deberán aprender de este pueblo elegido, de lo contrario permanecerán esclavos del Anticristo y de la Bestia apocalíptica y serán condenados por la eternidad. Los mismos motivos apocalípticos y mesiánicos resuenan en las declaraciones de Edward Johnson (1599?-1672), compañero de viaje de Winthrop: “Cristo crea una Nueva Inglaterra puritana, poblada por aquellos ‘que no adoraron a la Bestia ni a su imagen’”[4].

En las décadas del treinta y cuarenta del siglo XVIII, Nueva Inglaterra se vio envuelta en el Gran Despertar (Great Awakening), una ola milenarista que tuvo su origen en el valle de Connecticut a partir de los ardientes sermones del pastor Jonathan Edwards (1703-1758). Anunció el inminente advenimiento de un milenio en el que la Nueva Inglaterra tomará forma como una nación tan “bella como Jerusalén y tan terrible como un ejército”[5]; las expectativas milenaristas se difundieron aún más durante la llamada “guerra franco-india”[6], cuando se desarrolló un espíritu de cruzada contra los franceses “papistas”. Uno de los principales predicadores del nuevo milenio, Joseph Bellamy (1719-1790), publicó en 1758 dos sermones prediciendo el declive gradual de las fuerzas anticristianas arraigadas en Europa, “hasta que Babilonia se hunde como una piedra de molino en el mar (…) Y siendo vencido Satanás, y todas las fuerzas de la oscuridad expulsadas del campo, y confinadas en el abismo sin fondo, ustedes [colonizadores de América del Norte, n.a.] reinarán con Cristo mil años, reinarán en paz, mientras que la verdad y la justicia pasarán triunfalmente sobre toda la tierra”[7].

En cuanto al tema del “Gran Despertar”, es interesante notar que hace unos años fue representado como la idea-fuerza “antiglobalista” opuesta al proyecto del “Gran Reinicio” (The Great Reset), encontrando terreno fértil entre la facción pro-Trumpista, y no sólo en Estados Unidos[8]. En una entrevista del 1 de enero° de 2021, el agitprop “soberanista” Steve Bannon preguntó al arzobispo católico Carlo María Viganò, ex nuncio apostólico en los EE. UU.: “¿Qué pueden hacer realmente los hijos de la Luz del Gran Despertar para socavar la alianza impía [del llamado “Deep State”] con este brutal régimen comunista [chino]? (…) esta es una batalla trascendental entre los hijos de la Luz y los hijos de la Oscuridad (…)”[9].

En la época del nacimiento de los Estados Unidos de América, el tema mesiánico de la “Nación Redentora” y su misión impregnó profundamente también en la cultura “secular”. El coronel David Humphreys (1752-1818), ayudante de campo de George Washington (1732-1799) y más tarde su secretario de Estado, escribió en el prefacio del poema On the Future Glory of the United States: “América, después de haber permanecido oculta durante muchos años al resto del mundo, probablemente fue descubierta, cuando los tiempos estaban maduros, para convertirse en el teatro en el cual revelar los más grandiosos diseños de la Providencia, en sus dones a la raza humana”[10].

El sucesor de George Washington, John Adams (1797-1801), ve en los Estados Unidos de América “una República pura y virtuosa que tiene el destino de gobernar el mundo e introducir en él la perfección del hombre”[11], de modo que el objetivo de la política estadounidense consiste “especialmente en garantizar que el mundo entero esté completamente penetrado por la idea de que la sociedad estadounidense representa la sociedad perfecta y que los descendientes de los primeros puritanos son los elegidos de Dios”[12]. Esta teología puritana, según la cual Dios privilegia sobre todo a los colonizadores de América del Norte, está inspirada en la exhortación de Thomas Jefferson (1743-1826). El tercer presidente de los Estados Unidos llama a sus compatriotas al reconocimiento y adoración de aquella “Providencia superior” que, al convertirlos en “dueños de una tierra elegida”, los ha separado de “países sensibles a la fuerza e ignorantes de la ley”, particularmente de la Europa corrupta y pagana. “Iluminados por una religión misericordiosa profesada y practicada en diversas formas”, los nuevos amos de América del Norte son “de alma demasiado elevada para adaptarse a la degradación del resto de la humanidad”[13].

Aún más explícitas son las palabras con las que en el 4 de julio de 1837, John Quincy Adams (1767-1848), sexto presidente de los Estados Unidos, esbozó una grotesca falsificación del pensamiento teocrático: “¿No está el nacimiento de esta nación, en la cadena de acontecimientos humanos, indisolublemente ligada a la del Salvador? (…) ¿La declaración de independencia no ha organizado en primer lugar el contrato social sobre el fundamento de la misión del Redentor sobre la tierra? ¿No colocó el primer hito del gobierno humano sobre los primeros preceptos del cristianismo y dio al mundo la primera promesa irrevocable del cumplimiento de las profecías anunciadas directamente del Cielo en el nacimiento del Salvador y predichas por los más grandes profetas judíos seiscientos años antes?”[14].

Estaba maduro el momento en que se proclamaría el dogma norteamericano del “destino manifiesto”: reivindicando al nuevo pueblo elegido por Dios el papel confiado de un no mejor precisado mandato divino, el periodista y diplomático John L. O’Sullivan (1813-1895) acuñó la expresión “manifest destiny” en 1845, la cual sugería que Estados Unidos estaba investido del derecho a “expandir[se] y apoderar[se] de todo el continente que le había sido dado por la Providencia para llevar a cabo el gran experimento de libertad y autogobierno federal”[15].

El principio del “destino manifiesto”, enunciado para justificar la anexión de la mitad del territorio mexicano, produjo efectos devastadores y letales para las poblaciones nativas. El avance de los colonos hacia el “Far West” provocó la expulsión forzosa de aproximadamente 46.000 a 60.000 nativos de sus tierras ancestrales. El 28 de mayo de 1830, el séptimo presidente de los Estados Unidos de América, Andrew Jackson (1767-1845), promulgó la Indian Removal Act (“Ley de Desplazamiento de indios”), que preveía la deportación de tribus nativas hacia los territorios al oeste del Mississippi. Siguieron décadas de conflicto, conocidas como las “Guerras Indias”, que a menudo terminaron con la masacre de poblaciones indígenas, también diezmadas por la propagación intencional y planificada de enfermedades que desconocían, como la viruela. Además, se adoptaron medidas de asimilación forzada con el objetivo preciso de destruir las culturas tradicionales. Con el tiempo, los supervivientes fueron confinados en reservas, a menudo zonas marginales alejadas de sus tierras ancestrales, lo que tuvo un efecto duradero en sus condiciones socioeconómicas y culturales.

Fue Theodore Roosevelt (1858-1919) quien guío a Estados Unidos hacia “el Manifest Destiny, que transformó a un país de cow-boys, parvenus y campesinos, en la gran nación del siglo XX”[16]. El impulso mesiánico, combinado con el expansionismo territorial, introdujo en las relaciones internacionales una conducta típica estadounidense “la  posteriormente famosa Big Brother Policy, conocida como imperialismo-intervencionismo, en la que todo movimiento imperialista o intervención militar se justificaba por la retórica del deber, el derecho internacional y el respeto y la devoción a principios morales nobles: una mezcla original de idealismo y realismo”[17].

Sucesivamente invocado por varios presidentes estadounidenses (incluidos John Kennedy, Ronald Reagan, George Bush Jr.), “destino manifiesto” también fue mencionado por Donald Trump el 20 de enero de 2025, en su discurso inaugural como cuadragésimo séptimo presidente de los Estados Unidos. Vinculando la idea histórica de una misión civilizadora con la exploración espacial, Trump declaró: “Estados Unidos volverá a considerarse una nación en crecimiento, una nación que incrementa su riqueza, expande su territorio, construye sus ciudades, eleva sus expectativas y lleva su bandera hacia nuevos y hermosos horizontes. Y perseguiremos nuestro destino manifiesto (manifest destiny) hacia las estrellas, enviando astronautas estadounidenses a plantar la bandera estadounidense en el planeta Marte[18].

En cuanto a la conformidad del trumpismo con la clásica arrogancia estadounidense, una validación autorizada de lo que escribimos al principio proviene de un artículo publicado en el “New York Times” por el periodista norteamericano David Brooks.

“Trump – se lee – es el cumplimiento de lo que Estados Unidos siempre ha sido: una nación autorizada por sus propios mitos de excepcionalismo para hacer lo que quiere. Trump no apareció de la nada. Sus dos victorias son el resultado de decisiones tomadas por los estadounidenses y los líderes que eligieron. (…) Durante su presidencia, Trump reveló una enfermedad más antigua: la fe inquebrantable de Estados Unidos en su capacidad de moldear el mundo a su gusto, indiferente a lo que otros pudieran querer y convencido de que su plan es el correcto. Es una creencia arraigada en nuestra historia: desde los Padres Peregrinos que creían ser el pueblo elegido, hasta la Doctrina Monroe que declaró a Estados Unidos fuera del juego de las potencias europeas, hasta la misión de difundir la democracia por todo el mundo. Trump no inventó nada. Simplemente se quitó la máscara”.

Y respecto a la agresión contra Irán: “Los misiles que caen sobre Teherán son fruto de una presunción: la de creer que Estados Unidos puede prescindir de escuchar al resto del mundo. La de pensar que la fuerza puede reemplazar a la diplomacia. La de creer que los propios valores son los únicos valores posibles”.

“Trump es producto de esta arrogancia”, concluye Brooks. “Pero incluso sus oponentes, aquellos que luchan contra él en nombre de los valores democráticos, a menudo comparten la misma presunción. Creen que Estados Unidos tiene el derecho para dictar la línea, que sus valores son universales, y quienes no los aceptan están del lado del mal. Es una ilusión, y la ilusión se está derrumbando”[19].

Traducción: Francisco de la Torre


NOTE

[1] La imagen se basa en un pasaje del Sermón de la Montaña: «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte (…) Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y alaben a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:14-16).

[2] Robert C. Winthrop, Life and Letters of John Winthrop, From His Embarkation for New England in 1630, With the Charter and Company of the Massachusetts Bay, to His Death in 1649, vol. II, Ticknor and Fields, Boston 1867, p. 295.

[3] Peter Bulkeley, The Gospel-Covenant or the Covenant of Grace opened, Benjamin Allen, London 1651, p. 431.

[4] Edward Johnson, Wonder-working Providence of Sion’s Saviour in New England 1628-1651, London 1654; ed. J.F.  Jameson, New York 1952, p. 1. La cita es tomada del Apocalipsis de Juan, 20, 4.

[5] Sacvan Bercovitch, America puritana, Editori Riuniti, Roma 1992, p. 162.

[6] El término French and Indian War, utilizado por la historiografía anglosajona, se refiere a la guerra librada contra Gran Bretaña por los franceses y las tribus indias aliadas. Fue, en esencia, el frente norteamericano de la Guerra de los Siete Años.

[7] Alan Heimert, The Great Awakening, Bobbs-Merrill, Indianapolis – New York 1967, pp. 620 e 633.

[8] Véase, por ejemplo: Alexander Dugin, The Great Awakening Vs the Great Reset, Arktos Media Limited, 2021.

[9] Entrevista en el “War Room”, transcrita del 4 de enero de 2021, del sitio: www.lifesitenews.com

[10] Ernest L. Tuveson, Redeemer Nation. The Idea of America’s Millennial Role, Chicago and London 1974, p. 564.

[11] Cit. en: Alain de Benoist, L’impero del “Bene”. Riflessioni sull’America d’oggi, Settimo Sigillo, Roma 2004, p. 15.

[12] A. de Benoist, op. cit., p. 16.

[13] Thomas Jefferson, in Antologia degli scritti politici di Thomas Jefferson, il Mulino, Bologna 1961, p. 77.

[14] S. Bercovitch, op. cit., pág. 204.

[15] John L. O’Sullivan, “New York News”, 27 de diciembre de 1845.

[16] Oreste Foppiani, La nascita dell’imperialismo americano (1890-1898), Settimo Sigillo, Roma 1998, p. 41.

[17] O. Foppiani, op. cit., ibídem.

[18] “The United States will once again consider itself a growing nation — one that increases our wealth, expands our territory, builds our cities, raises our expectations, and carries our flag into new and beautiful horizons. And we will pursue our manifest destiny into the stars, launching American astronauts to plant the Stars and Stripes on the planet Mars.  (Applause.)” (The White House, The Inaugural Address, January 20, 2025 https://www.whitehouse.gov).

[19] Dario Rivolta, La libertà di espressione negli USA, 7 aprile 2026, https://www.italiachiamaitalia.it/


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Claudio Mutti, antichista di formazione, ha svolto attività didattica e di ricerca presso lo Studio di Filologia Ugrofinnica dell’Università di Bologna. Successivamente ha insegnato latino e greco nei licei. Ha pubblicato qualche centinaio di articoli in italiano e in altre lingue. Nel 1978 ha fondato le Edizioni all'insegna del Veltro, che hanno in catalogo oltre un centinaio di titoli. Dirige il trimestrale “Eurasia. Rivista di studi geopolitici”. Tra i suoi libri più recenti: A oriente di Roma e di Berlino (2003), Imperium. Epifanie dell’idea di impero (2005), L’unità dell’Eurasia (2008), Gentes. Popoli, territori, miti (2010), Esploratori del continente (2011), A domanda risponde (2013), Democrazia e talassocrazia (2014), Saturnia regna (2015).